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Fernando León

Licenciado en filosofía y Lengua Castellana; Bogotano, pero con un profundo amor por el llano y la naturaleza. Atormentado por la política colombiana y empeñado tercamente en disuadir a mis interlocutores sobre nuestro distópico mundo.

Mis estudiantes, así como a muchos otros docentes, me han regalado el apelativo de «el profe» ó «el filósofo»; algunos otros, con mucha confianza, cariño y tal vez pereza «Nando». Mi pasatiempo es escribir y pese a la ausencia de talento, ejerzo ingenuamente el oficio; torpe por naturaleza e iluso de profesión este espacio está dedicado a la experiencia y a la reflexión.

Bienvenidos.

Paro Nacional: Memoria y Resistencia

¡Por ustedes y por nosotros, por los que están y los que han sido silenciados!
Memoria y resistencia, prohibido olvidar…

Hacia finales del año 2019 y sin saber que se aproximaba una inevitable pandemia, Colombia se alzaba y se llenaba de inconformismo en las calles de la capital y en las principales ciudades del país. Las protestas se llevaron consigo el aliento de jóvenes ilusionados con un cambio que les permitiera a ellos y las nuevas generaciones acceder a aquello que hoy peleamos entre uñas y dientes: una vida digna y que, en consecuencia, terminaron por sembrar entre nosotros un total desprecio por el gobierno y la fuerza pública. 

A puertas de comenzar un nuevo año y con un descontento masivo, el gobierno colombiano se mostró tambaleante, carente de métodos de diálogo para la reconciliación, mostró la única herramienta de la cual disponía y sembró el terror entre los ciudadanos de la capital. Desplegando fuerza pública vestida de civil con la intención de “invadir” conjuntos residenciales y hogares, logró su cometido: despejar las calles y silenciar por un momento la voz iracunda de la insatisfacción. 

El momento duró poco, las redes sociales se inundaron de videos, testimonios y de trasmisiones en vivo que desenmascararon la treta deplorable de la fuerza pública por controlar a la población, y es que parece que el gobierno se quedó en la edad de piedra y aun no comprende que la era digital ha traspasado los muros fortificados de la manipulación mediática, y cada intento mediocre que se despliegue en internet es rápidamente desestimado por jóvenes activistas, académicos y profesionales de distintas índoles que se toman muy enserio la constante capacitación y participación política en los diferentes espacios de opinión. 

Desenmascarado el asunto y comenzando el año con la misma fuerza abrumadora que nos había hecho salir a las calles a reclamar nuestros derechos, llegó de forma inminente una pandemia que puso en pausa todo y desveló otras falencias del gobierno en el marco de la salud. Sin embargo, la pandemia ya era una fuerza indetenible que iba pasando factura en el mundo de forma inminente y centró nuestra atención en otros aspectos – que en otra oportunidad espero poder profundizar – y que abarcan desde la psicología hasta la educación y lo insoportable que puede ser convivir con nuestros pensamientos, miedos, alegrías y tristezas. 

Tocando el aparente y paulatino regreso a la normalidad del año 2021. La ciudadanía empieza de nuevo a experimentar la nueva “normalidad”. Lentamente, poco a poco, la economía y los diferentes espacios sociales se abren. Sin embargo, si de algo un colombiano puede estar seguro en Colombia, es que la tranquilidad es una cosa de instantes. Pues en el país del sagrado corazón, todo, absolutamente todo puede pasar. Y es que efectivamente, cuando pensamos que podríamos empezar a recuperarnos, el gobierno presenta una reforma tributaria “a las patadas” que no se tomó la molestia de explicar, tampoco negoció y que afectaba directamente a la clase media. Esto despertó aquella inconformidad que había quedado alguna vez apaciguada por el año de encierro y nos convocó una vez más a las calles, incluso con la pandemia aún respirándonos muy de cerca y con un sistema de salud precario; Se demostró lo que ya sabíamos de antemano, que este gobierno nos había robado todo, incluso el miedo a no volver a casa y ser víctimas de la desaparición forzada. El gobierno anunció, en cabeza del presidente Duque, el retiro de la reforma. El ministro Carrasquilla renunció de forma inmediata y se pensó que esto podría apaciguar la furia, pero no. 

El asunto es que la reforma no era el único problema sin resolver y aun latía en la memoria de quienes salimos a protestar la serie de injusticias cometidas por el gobierno, los jóvenes heridos, o peor aún, callados a fuerza en cada una de las oportunidades por el escuadrón móvil antidisturbios; la falta de oportunidades para trabajar y estudiar, las 3.4 millones de personas desempleadas, el 42% de colombianos que viven en la pobreza, los más de 30 millones de pesos que ganan los congresistas y su incompetente e hipócrita actuar, la locución del ministro de defensa tildando a las kpopers como terroristas digitales, la violencia sexual por parte de la fuerza pública, los intentos fallidos de tildar a los protestantes como terroristas o guerrilleros, los disparos al rostro y a quemarropa, una vez más, de parte del E.S.M.A.D, la presencia incongruente del ejército, el desprecio a los indígenas por parte de los políticos tildándolos de ciudadanos de segunda mano, los gastos bizarros del presidente – con sus camionetas y campaña en plena crisis sanitaria –  y la lista es así de innumerable que podría escribirse todo un ensayo de las razones por las cuales el 75% de la población está de acuerdo con el estallido social que se presentó en el año 2021 y que sigue latente y aún sin soluciones, ahora en el año 2022 donde un gesto, como lo fue el tumbar diferentes estatuas, se presenta como una acción reveladora, pues deja al descubierto y en claro que el pueblo colombiano empieza a cuestionarse su pasado, su presente y su futuro: estudiantes que en clases virtuales cambiaron su avatar con una bandera invertida que representaba la clara cantidad de sangre derramada por la causa, docentes portando la bandera en clases, madres sosteniendo escudos de sus hijos caídos, pertenecientes a la Primera Línea (grupo de jóvenes encargado de cubrir y salvaguardad a los protestantes de los desmanes de la fuerza pública), gremios de diferentes indoles y profesionales de todos los tipos gritando al unísono su inconformismo. 

Esto es una clara referencia del estado de conciencia actual que posee la ciudadanía sobre lo que sucede en el país y que colocan de manifiesto que los “pañitos de agua tibia” propuestos por el gobierno no van a ser suficientes si no se toman en serio las necesidades reales que tiene el pueblo y, aunque muchos tilden a quienes salimos y manifestamos nuestra inconformidad de vandálicos, alarmistas e incendiarios, la realidad es aún más terrible que lo que se escribe en este apartado, videos y fotos son prueba fehaciente de ello. 

Y entonces ¿Qué nos depara? Pues seguir tomándonos las calles, por quienes han dado su vida por la causa, continuar exigiendo y sumando gente a través de la concientización que se ha logrado, de una u otra forma, por medio de las redes sociales. No ceder ante nada ¿Por qué? Porque yo también he gritado en las calles, siendo docente, que respeten la educación, que respeten a mis jóvenes ¿Por qué? Porque tuve que invitar a mi estudiante a trabajar como mesera a los Estados Unidos para poderse costear su carrera, cuando la educación no debería ser un lujo ¿Para qué? Para que mas profesionales, como yo y como los que vienen, no tengan que abandonar su amado quehacer e irse a otro país a ser víctimas de la discriminación y buscarse la vida a cualquier costo. 

Es imposible dar el brazo a torcer en este momento, incluso lejos de mi tierra, me veo llamado a luchar y a pensar en pro de mis seres amados, mis estudiantes y todos aquellos que vienen atrás buscando su sentido de vida. Incluso en la distancia, estimados lectores, yo levanto la bandera y grito, en mi inmensa soledad, que no nos rindamos ante esa mínima franja que se cree dueña del país. Pues en mi corazón no se olvida del pasado y habita con claro fuego la memoria de nuestra lucha, y en mi pluma y voz, siempre se ejercerán a través de la razón, la verdad de la resistencia.

¡Viva el paro nacional!

El paro no para…

El Valor de la Cocina

Dedicado a Raúl:

Amigo y maestro; gracias por invitarme a tu mesa.

Intente escribir este texto innumerables veces en pro de defender el oficio del cocinero. Tal vez inocente o presuntuoso, quería exponer mi aprendizaje y reflexión en torno a un quehacer tan poco valorado en algunas partes que perdí el horizonte en cada intento por concretar algo coherente que le gustara a todo un gremio. Pero me conozco lo suficiente y dejaré acá una visión de aquello que vi y, por supuesto, viví. 

Antes que nada no son de negar dos cosas: Lo primero, es que si deseo manifestar un profundo respeto a quienes han participado levemente o se han dedicado formalmente al oficio de la gastronomía. Como bien me dijo Borja Sendra (amigo, chef y maestro) ‘todos deberíamos pasar por lo menos una vez por una cocina’, lo segundo es que, pese a la práctica, sigo siendo torpe en la cocina.

***

Para finales del año 2019 conocí dos restaurantes en las mediaciones de Palo Alto, California. El primero es un restaurante de comida rápida, ahí conocí a Raúl, un mexicano que tal vez, desprovisto de todo un curso académico o título que certifica sus saberes en la cocina, se tomó la titánica tarea de enseñarme las formalidades del oficio, pero que ante todo, después de un profundo ejercicio de observación, me enseñaría el verdadero valor de ser cocinero. 

El segundo lugar era un espacio tradicional de la comida española. Allí aprendí sobre los platos típicos de España; escuché con especial atención el estudio, la dedicación y la cantidad de métodos que existen para llevar un festival de colores a un comensal, aunque muchas veces esté más preocupado por la cuenta o por cómo se vea la foto en su cuenta de Instagram, que por el sabor o la trascendencia cultural que tiene cada platillo. De este último lugar, agradezco a Borja, Eva y Oscar el haberme abierto los brazos con profunda amabilidad a una profesión repleta de desafíos y disciplina. 

Un oficio donde la imaginación de muchos solo basta para decir “cocina rica” o “sabe bueno”. Mismo oficio repleto de estudio químico donde suceden un sin número de reacciones y, por supuesto, donde se puede llevar un platillo de forma estricta bajo un desarrollo metodológico que solo es apto – digo yo, en medio de mi ignorancia – para aquellos que desean educarse y tocar la cúspide magistral de la alta cocina entre sus brazos. 

Dicho esto y pese a la dualidad tan extraña de ambos lugares, debo confesar que es mi viejo amigo Raúl quien ha dejado unas palabras que hasta el día de hoy calan en mi memoria. Fue una muestra de solidaridad, una muestra de humanidad que tal vez sus hijas deberían saber hoy y siempre. Por ello, hoy dejo de forma conmemorativa este escrito, para que dentro de unos años y tal vez, siempre, puedan saber de un hombre que trabaja duramente y que, con sus defectos, se ha sobrepuesto a la adversidad para darle una vida digna a sus hijas y cobijar como amigo a quien lo necesite. Un hombre que una mañana al llegar me dijo ‘colombiano, a quien entre por esa puerta y te pida comida, se la das’ y que desde ese día me legó la responsabilidad de no dejar pasar a nadie hambre mientras fuera cocinero. 

Es a partir de ese momento que empiezo a valorar que me exigiera en su inicio el correcto quehacer de la cocina. Mismo momento en el que lo siento amigo, pero también un maestro. Lo sé, tal vez unos pocos piensen que es una frase minúscula y que no trasciende en absolutamente nada. Pero, están omitiendo también detalles que pueden no tener presentes y es que pasar hambre y que alguien te sirva un plato de comida es un acto de generosidad inimaginable que suele pasar desapercibido, pero que en un país en el que se prefiere el dinero por encima de otros conceptos, valores y palabras, cuando sales del lugar donde duermes yendo hacia al trabajo con el estómago vacío y hay alguien que te pone un plato de cocina y aún con más paciencia te enseña lo poco mucho que sabe, ahí hay un acto inmenso de humanidad.

Aprendí y sigo aprendiendo de él. La cocina en este momento es un segundo hogar y Raúl sigue enseñándome lo que sabe. Hace que la pequeña aventura de este docente de filosofía sea menos pesada. Su incansable sentido del humor y practicidad lo hacen, no sólo un buen trabajador, sino un gran ser humano. De esos que, en los peores días, cuando sientes que no vas a poder, te levantan y te regresan la fe en ti mismo. El hombre que puede ser desprestigiado por el mundo académico y burocrático por no poseer un título es mucho más hábil, sin duda alguna, que otros que se hacen llamar así mismos “chefs” e incluso sin un diploma a sus hombros. Me atrevo a decir que ese humilde mexicano comprende, a su forma, el verdadero valor del quehacer de la cocina. 

Gracias por tanto, viejo 
Atentamente: “el colombiano” – Tu peor aprendiz de cocina.

Línea de Sangre

A mi querida Angie…

Solo tú y nadie más puede mirar dentro del abismo.

Volveré, lo prometo

La extensión de la genética en nuestras familias presenta una particular forma de heredar. Destacamos rasgos símiles de nuestros padres y en ocasiones, solemos prestar bastante atención a los detalles de personalidad que pueden llegar a ser o no similares. Pero entonces ¿Hasta dónde se extienden esos rasgos? ¿Qué es lo que realmente se hereda? ¿Qué los une? ¿Qué nos sigue uniendo? ¿Es sangre, u otra cosa?

Hace unos años – bastantes he de decir – un joven temeroso en la oscuridad se sentaba en el suelo de un pasillo, derrotado y desconsolado. A su vez, una bebé apenas dando sus primeros pasos y desconociendo todo tipo de valores se aferra al joven, se interpone valerosamente ante la oscuridad, ante los miedos, ante sus padres e inocente protege a su hermano con lo único que posee, su propia humanidad.  No lo conoce en su totalidad, pero desea salvarlo y protegerlo. Instintiva o no, la inocente criatura se aferraba al cuerpo de su hermano y demostraba que, sin fuerza y tambaleante (pues apenas si podía dar sus primeros pasos) tenía el valor suficiente para proteger algo muy suyo, que no le pertenece, pero que está ahí, intrincado, y circula invisible en su ser.

Ahora sé que por más distancia que exista, tus manos jamás dejarán de aferrarse a las mías. Que los acantilados del tiempo no son nada frente a la promesa que se firmó en el silencio absoluto desde nuestro primer encuentro en tu nacimiento y que, pese a las falencias y errores de cada uno puedo admitir que jamás hubo orgullo, discusión o situación que no nos permitiera volver a sostenernos mutuamente en los mejores y peores momentos. 

Sabía de antemano que jamás podría cuidarte por toda la vida y que un día no podría tal vez estar en los momentos más importantes de tu vida. Así que me esmere en dejarte mis amigos, mis sueños, mis libros y mis palabras inmortalizadas de forma inocente en un solo texto. 

Llegué a pensar que era yo quien, estudiado y pensante, era capaz de domar cada uno de mis demonios. Cuando eras tú, con el más mínimo gesto de humildad y perdón, quien me corregía domaba mis defectos con cada pequeño gesto. La niña que me tomó el brazo en aquella noche de miedo infantil, que acariciaba suavemente mi ira y mi despotismo. 

Era sorprendente la forma en la que nos movíamos mutuamente. Todo aquello que me hacía falta tú lo otorgabas y, en consecuencia, también empecé a regalarte aquello que podría faltarte, en algún tipo de escenario o situación. Un amigo, un aliado, un compañero de juegos; ese alguien a quien podrías llamar cuando quisieras, a quien podrías acudir. No por la excusa ridícula de que son hermanos, sino por conocimiento mismo del otro. Así, la verdad más grande de este texto que hoy lees, es que lo que nos une es más que una delgada línea trazada desde el vientre hasta el plano de la realidad. Nos une un sinfín de situaciones, palabras, momentos y decisiones en los cuales, indiscutiblemente, decidimos reconocer al otro como familia.

Finalmente, es prescindible decir que aprendimos a llegar sin llamarnos. Somos un tipo de espejo simétrico que deja ver que más allá, ahondando en lo espiritual, el ‘uno’ siempre ha estado en el ‘otro’. Cuando uno de los dos abusa en exceso, el otro aporta una carga que lo nivela. En efecto, ambos somos buenos y malos, Luz y oscuridad, positivo y negativo. No porque yo sea malo y ella buena, sino porque algo de esa dualidad siempre está en nosotros para nivelar, equilibrar y armonizar al otro.

Uno y otro estamos orgullosos de lo que somos. Nos miramos, muchas veces cómplices de nuestros pensamientos, entendiendo nuestro mundo y apoyando nuestros sueños. Ella fundó al docente que hoy habita en mí y yo espero haber cimentado parte de la enfermera que es ella hoy en día. Una construcción simultánea del uno sobre el otro que perdura hasta hoy… 


Se que podría acabar todas las páginas redundando sobre quiénes somos en realidad y porqué es tan necesario dejar esto en este espacio. La realidad, aunque sea un poco cruel, es que estoy seguro que no habrá una lectura juiciosa de este texto hasta más adelante. Así que dejaré las arandelas y las formalidades de los anteriores párrafos y lo escribiré directamente: 

No tengo como agradecerte la paciencia y el esmero de soportar el peso de ser mi pequeña hermana. Jamás me alcanzarían las palabras para agradecerte por haberme salvado aquella noche y otras más que tal vez sean incontables… Vivo la alegría de acompañarte en cada paso y estoy orgulloso de quien eres y lo que hoy eres. Eres mi hogar y uno de los pocos lugares a los que siento que pertenezco. Sé que cuando alces el vuelo, no podré hacer más que abrazarte y pedirte que no olvides apuntar al corazón y no dejar vivo a ningún infeliz que pase sobre tus sueños prometiéndote felicidad. ¡Así que se libre maldita sea! sigue cantando y salvando vidas. Porque se que eres tú, al final del día, la única mujer que podría seguir mirando dentro de mi abismo, hoy y siempre.

“Gigantesca luna y un viento de las montañas, profundo, acompaño la comprensión del momento: que todo en esta vida son letras.”
― Andrés Caicedo, ¡Que viva la música!
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