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Fernando León

Licenciado en filosofía y Lengua Castellana; Bogotano, pero con un profundo amor por el llano y la naturaleza. Atormentado por la política colombiana y empeñado tercamente en disuadir a mis interlocutores sobre nuestro distópico mundo.

Mis estudiantes, así como a muchos otros docentes, me han regalado el apelativo de «el profe» ó «el filósofo»; algunos otros, con mucha confianza, cariño y tal vez pereza «Nando». Mi pasatiempo es escribir y pese a la ausencia de talento, ejerzo ingenuamente el oficio; torpe por naturaleza e iluso de profesión este espacio está dedicado a la experiencia y a la reflexión.

Bienvenidos.

La Delgada Línea

Ilustración por @zarts1120

Su sonrisa es lo único que nos queda, un recuerdo leve que el tiempo borrara en su debido momento. Siempre quiso ser un héroe, salvar el mundo y conquistar una bella chica. Decía que envidiaba las nubes y en sus ratos libres escribía poemas y cuentos para una mujer que ya conocía. Todos los que conocíamos aquel detalle queríamos que nos señalara cual era la musa que inspiraba sus torpes palabras, pero siempre se negó hacerlo. Decía que ella jamás podría amar al escuálido y pálido escritor que pretendía ser, que era mejor dejarla libre porque él amaba su libertad.

De vez en cuando lo podías ver tomando y riendo con nosotros, la delgada línea de sus labios nos sonreía dulcemente a todos nosotros. Bailaba con todas nuestras compañeras torpemente y cantaba a coros con los hombres las canciones que tocaban en la cantina. Cuando la fiesta acababa, se despedía de cada uno de forma diferente, pero siempre con su particular sonrisa. Arreglaba sus lentes, se abrigaba y se retiraba sin prisa hacia la parada de autobús para emprender el camino a casa.

Una noche, terminando el semestre, decidimos ir a tomar a Kaba, un bar de la 72 que frecuentábamos cada que lográbamos finalizar el semestre. Invitamos a todo el grupo, él se encargó de ir uno por uno y avisarles de nuestra celebración de final de semestre – Iré por cada uno, la mitad debe estar en la cafetería, al resto le envire un texto –. Me pareció buena idea y decidí acompañarlo.  Metió sus manos en el bolsillo y vi la abertura que quedaba en medio, se me ocurrió que sería bueno ir de gancho con él y así lo hice. El pareció no molestarse y me devolvió el gesto con su delgada sonrisa.

Me dijo que le recordaba mucho a su musa, que nos parecíamos bastante.

– Kathe quieres escuchar lo que le escribí – me dijo seriamente. Asentí silenciosamente, era la primera vez que iba a poder escuchar algo que había escrito para ella.

Así, con su brazo enganchado al mío, me acerco más a él y como si de un secreto tratase, empezó a susurrar:

Mi estimada, del otro lado de la luna yo te espero, allá donde tu luz no llega, allí, donde jamás podrás alcanzarme…

Espere un momento más sin pronunciar palabra, pensando que vendrían más palabras, pero no, solo se quedó en silencio mientras continuábamos el camino hacia la cafetería:

– es todo – dijo al fin sin siquiera mirarme. Pensé en que decirle para quitar el peso del silencio.

– cuando te refieres “al otro lado de la luna” es la cara oscura, la que nunca se ve ¿verdad? – Me miro y asintió.  

Cuando llegamos a la cafetería en el último piso, balbuceo unas palabras que no logre entender bien en aquel momento porque todos nuestros compañeros empezaron a saludarse. Fuimos a Kaba, bailamos, cantamos, reímos y nos burlamos de algunas clases y de sus docentes. Llegada la hora, sucedió lo de siempre con Erick, se abrigo y empezó a despedirse de forma particular con cada uno. Cuando llego a mí, nada había cambiado, sonrió como siempre, me abrazó, chocamos los puños y se despidió.

Salió lentamente por la puerta y pensé en seguirlo, pensé que podría voltear a mirar, pensé que me miraría y me diría que era yo, que yo era ese sol que jamás podría alcanzarlo. Él era un hombre complicado, nadie lo comprendía, solo yo, solo yo podría brindarle ese abrazo ausente, solo yo podría llegar al lado oscuro de la luna e iluminarlo, solo yo podría entender lo que hay detrás de esa delgada línea.

Entonces salí corriendo tras él y grité su nombre, el giro su rostro con notable sorpresa y entonces supe que no quería volver a casa jamás. Lo tomé de las manos y le pedí que me acompañara y se quedara esta noche en mi hogar y con su dulce mirada asintió. Tomamos un Taxi y emprendimos el camino a mi apartamento. Me recosté en su hombro mientras las luces amarillas tocaban nuestros rostros, cerré los ojos y le pedí nuevamente que me repitiera algo de lo que le había escrito a aquella chica.

No dijo nada, pero me apretó entre sus brazos, el semáforo estaba en rojo y una luz se apostaba sobre la noche. Sentía como intentaba calmar su respiración, Sentía en cada latido la búsqueda de las palabras correctas. El semáforo estaba ahora en amarillo, y en un momento más, cambiaría a verde…

¿Qué vida podría tener sin tu luz? 

Mi estimada, como anhelo que me visites, apaga la luz, deja de brillar, extingue mis miedos y llévame por fin a la delgada línea…

Llegamos a mi apartamento y sin prisa tomamos el asesor hacia el séptimo y último piso de la torre. Entro y observo varios recortes de periódicos pegados en la nevera, todos tenían noticias de jóvenes universitarios, desaparecidos, por supuesto. Observo cada aspecto del lugar, su aire pútrido y descompuesto era apenas la campana de bienvenida. Sala y comedor perfectamente limpios y en la mesa dos tasas dispuestas para el anfitrión y el invitado. El apartamento era inmaculadamente limpio y sé que se habrá preguntado, como todos, de donde provenía aquel hedor. De todos modos, lo invité a sentarse, le dije que todos sentían por alguna extraña razón un olor pútrido pero inexistente, esto al final pareció tranquilizarse. Sentados en la mesa, lo tome de las manos y empezamos a hablar:

  • Erick, ¿por qué aceptaste venir?
  • Tú me estabas buscando y yo te estaba esperando, lo sabemos.
  • ¿Qué se siente querer suicidarse?
  • Es una especie trance, tal vez un tipo de abstinencia a la vida.
  • Ese término es nuevo para mí, pero lo entiendo…
  • Es entendible que suene extraño, pero tiene cierto nivel de sentido si lo piensas, pero para quien se aferra a la vida, no tiene sensatez.
  • Suelo sumergirme un poco a ver qué… a ver si entiendo.
  • Recuerda que una cosa es sumergirse y otra es dejarse hundir hasta el fondo, yo te sugiero por experiencia, que no llegues a ese límite.
  • No es necesario Erick, yo soy lo que está por fuera de ese límite.
  • Lo sé…
  • A quien le escribiste esos poemas
  • Ya sabes… son para ti.
  • ¿Y quién soy?
  • Mi muerte, esa delgada línea en la cual juego al equilibrio.
  • ¿Deseas caer?
  • Sí…

Lo besé dulcemente y le serví café, hablamos de la universidad y de los profesores, nos reímos de nuestros compañeros, sus ojos jamás habían estado tan vivos, su sonrisa jamás había sido tan autentica. Lo lleve a la recamará, el amor, el deseo y la felicidad, el éxtasis de emociones floreció por unos minutos.

Sobre la madrugada estábamos abrazados. Me beso y me sonrió lentamente, esa hermosa sonrisa, esa delgada línea lo era todo. Se sentó en el borde de la cama, saque el cuchillo de mi mesa de noche y lo abrace.

  • Yo sabía que era ese sol, yo sabía que él era esa luna, pero sé que te alcanzare, y lo hice, siempre los alcanzo a todos, sé que no querías volver a casa.
  • ¿Dolerá?
  • Erick, la vida duele…
  • Tienes razón

Lo bese en la mejilla deslicé el cuchillo por su garganta con el mayor cariño posible, la sangre brotaba; poco a poco él se rendía y emprendía su camino a casa… No lo voy a negar, extrañare su dulzura, sus poemas y su extraña y silenciosa forma de ser. Pobre hombre, cuantos sueños y cuantas lagrimas te costó este momento.

Terminé de cortar su cabeza y lo besé, besé a mi pequeño poeta…


Sobre la nevera se podían leer ahora las nuevas noticias.

NOTCIAS DEL 20 DE OCTUBRE: 2020

El 18 de octubre a las 6: 00 pm de la tarde Erick J. Taylor salió de Kaba, bar que frecuentaba con sus compañeros de estudio. En la parada del bus fue abordado por una chica de nombre Katherine Chaux, nombre correspondiente a una estudiante universitaria que había sido declarada desaparecida desde principios del año y encontrada decapitada en los ferris del tren al noroccidente de la ciudad. La cabeza, jamás se encontró. Esta víctima se suma a una serie de asesinatos marcados con el mismo patrón, donde la cabeza es el trofeo del victimario. Se sospecha que selecciona jóvenes universitarios de ambos sexos. El jefe de policía ha desplegado un escuadrón de búsqueda con el fin de encontrar al joven.

NOTICIAS DEL 25 DE OCTUBRE

El 24 de octubre en la calle Jiménez fue dejado un cuerpo decapitado, las autoridades confirman que el cuerpo es correspondiente al joven Erick J. Taylor. Los padres del joven asesinado claman justicia y seguridad para los jóvenes universitarios. El decano de la facultad de filosofía y letras de la universidad revela que pese que Katherine Chaux llevaba desparecida desde 4 de enero, docentes y compañeros dicen haber compartido momentos con una joven que se presentaba puntualmente a las clases y respondía al nombre de la joven asesinada. El jefe de policía se ha pronunciado y hace un llamado a la ciudadanía para que brinden cualquier tipo de información que pueda ser de ayuda.

NOTICIAS DEL 26 DE OCTUBRE

La policía revela que en cada una de las universidades ubicadas entre el centro y el norte de la ciudad se presentaron casos similares donde una joven desaparecida se presentaba a clase, pero posteriormente, con la desaparición de uno de sus compañeros, la joven también desaparece. La policía aumenta sus esfuerzos para recabar información que permita capturar al o la responsable de estos macabros hechos, sin embargo el 80% de las llamadas son de ciudadanos inescrupulosos que no desaprovechan los terroríficos hechos para jugarle bromas a la línea de atención.

Ellos dicen que está muerto, que ellos están muertos, pero no, su sonrisa es lo único que nos queda…

  • Hola ¿cómo estás? Soy Alejandra, encantada
  • Hola, soy Alan, mucho gusto…
  • ¿Qué haces?
  • Escribo…
  • Eres poeta
  • Algo así…
  • Que linda sonrisa…

FIN


NOTA DEL ESCRITOR

Tengo un Déjà vu, el leve presentimiento de que ya escribí estas líneas, tal vez fue en otra vida, en otro tiempo. Independientemente del lugar y tiempo, sé muy bien que nada bueno viene en camino y pese a la mala sensación, aquí estoy escribiendo cada una de estas palabras.

Un Americano

«Se precisa tiempo para vivir. Como sucede con cualquier obra de arte, la vida exige que pensemos en ella.» Albert Camus | La muerte feliz

Nuestro amigo no se llama William, pero lo nombraremos de esa forma porque a mí, el autor, me parece un buen nombre para esta pequeña anécdota… En todo caso, a Will –como le diremos de cariño– no es un hombre sorprendentemente simpático, tampoco es un hombre estrambótico o de cualidades fantasiosas. De hecho, Will es ese tipo de personas casuales que no sueña con ser estrella de rock, pero toca la guitarra del grunge invisible al compás de ‘Smells Like Teen Spirit’. Él, como todos, desea tener una mejor figura y ser saludable, pero come frituras y energizantes cada que quiere, puede y se le antoja; es ese tipo de personaje americano que alguna vez pudimos haber apreciado en alguna de esas películas de humor barato estadounidense y que, pese a nuestra posible incredulidad, existe.

Conocí a Will por casualidades de un trabajo que acabé por abandonar, por uno mejor, claro, y en ese escenario me pregunte cómo sería su estilo de vida y me anticipé a la respuesta imaginando a un solitario hombre que invertía sus días en el trabajo y que lo poco que disfrutaba era gastar lo ganado en alguno que otro capricho. Y ciertamente no estaba tan lejos de la realidad. El tipo está, en efecto, sólo; su círculo social se puede contar apenas con los dedos de una mano, bueno, tal vez con las dos manos si es que añadimos las pobres y forzadas relaciones familiares que mantiene.

Por otra casualidad que carece de importancia nos hicimos amigos. Cuando nuestros días libres coinciden, planeamos alguna salida a la playa, una visita improvisada a un bar o al concierto de turno, lo que haya por hacer, prácticamente.

No pretendo mentir al decir que Will está lleno de cualidades amables y serviciales. El tipo es un excelente amigo, está realmente cuando lo necesitas, y bueno, como en un destello incontinente, empecé hasta a sentir un poco de tristeza por su vida. Pero no se detenía ahí, la realidad empezaba a tornarse un poco más oscura. Resulta que Will no tenía con quien más compartir –literalmente–. Su escaso tiempo libre lo invertía en un amigo mío y yo, por supuesto, con quienes armábamos todos esos improvisados planes. Éramos su momento de compañía y amistad.

Llegado el momento, era hora de hacer las preguntas incomodas a Will y una noche, estacionados en un mirador, esperando a que cayera lentamente la noche, le pregunté:

–              Will… ¿Qué haces cuando no sales con nosotros?

–              Lo mismo que ustedes, trabajo – y soltó una pequeña risa.

–              O sea, no, me refiero a que si no salieras con nosotros ¿Entonces qué estarías haciendo?

–              Probablemente nada o trabajando, you know…

–              Entiendo…

Corté la conversación de golpe y me quedé en silencio, saqué mi celular y tome una foto del paisaje mientras pensaba en qué carajos decirle o cómo podría cambiar el rumbo de la conversación, pero Will se adelantó y me invito a trabajar con él de nuevo, afirmando que podría tener los dos trabajos y ganar más dinero.

Lo miré de reojo y le dije humorísticamente que quería tiempo para mis amigos, mis proyectos, mi familia, incluso para, tal vez, la mujer que aún no aparece en mi vida. Seguido de eso agradecí la oferta y reitere que no tendría sentido ganar más dinero y más cosas si no tengo tiempo con quién compartirlas.

  • No veo la gracia a ser rico en la soledad – dije para finalizar.

Entonces, me respondió mientras miraba la camioneta que tenía:

  • ¿Sabes porque compré a Lori? (Will le puso “Lori” a la camioneta) Para llevarlos a ustedes, para compartir con ustedes, yow know bro, tienes toda la razón…

Dicho eso, le conté que me iría de regreso a mi país en unos cuatro años para vivir mi vida y no el sueño americano.  Will miró a Lori entristecido. Supuse que estaría pensando qué haría con una camioneta de ocho puestos donde solo se montaban tres personas; que haría para combatir de nuevo ese vacío de no tener a nadie, que con calidez humana –por mínima que fuera–, le pregunte si todo está bien en casa, si amaneció bien o sencillamente le haga algo compañía. Así que le dije:

  • Hombre, tenemos cuatro años; vamos a disfrutar de la negra Lori y de cuanta cosa no conozca ¿Sí? Y cuando el tiempo pase, regresa conmigo de vacaciones y te mostraré, porque pese a tener menos, somos tan libres allá en Latinoamérica. Además, no estaría de más presumir que tengo un amigo americano.

Sonrió encantado por la idea y aceptó sin titubear la propuesta. Entre los tres nos propusimos hacer mil cosas en el tiempo que teníamos establecido y lo que podríamos llegar a hacer si se iba de vacaciones a nuestro país. Soñábamos con el futuro que aún no llegaba y teníamos la esperanza de continuar haciéndonos compañía en el país del sueño americano. Así las cosas, la luna empezaba tomarse el cielo estrellado y la brisa marina a hacerse más gélida en tanto nos golpeaba con suavidad.

–              Vámonos, hace frío…

–              Es cierto, pero primero vamos a comer, tengo hambre

–              So… ¿Qué vamos a comer? 

–              Lo que sea menos McDonald’s, es basura.

Soltamos la risa los tres y subimos a nuestros puestos de siempre, dentro de la camioneta llamada Lori. Emprendimos el camino en busca de algo que comer que no fuera comida chatarra –lo cual ya de por si era difícil–.

Las luces de la carretera se estrellaban rápidamente con los vidrios de Lori y la carretera parecía infinita. Recordé ver esta escena innumerables veces en películas y me sentí ajeno de la realidad. Mire por el retrovisor a nuestro tercero y tenía la mirada clavada en las vías de la carretera, pensativo y distante. No quise distraer a Will para decirle algo inoportuno. Era evidente todos teníamos nuestro momento de reflexión. 

–              Ángel…

–              ¿Sí?

–              ¿No te gusta Estados unidos?

–              Su cielo es azul pero su vida es gris, Will…

–              Tienes razón…


Si bien es cierto que me gustaría asesinar a Will. Solo le estaría haciendo un favor. Es más, si el encuentra la forma de escapar de ese estilo de vida o huir a algún lugar de Latinoamérica tal vez encuentre la felicidad y tranquilidad que no le han concedido el dinero y los bienes materiales en su propio país.
No soy un antisistema, mucho menos un economista o un hippie que se escapó de la última marcha que promueve la legalización de la mariguana. Pero, quien en su pobre consideración crea que Estados Unidos, es el país para vivir y morir debe entender que acá la mayoría ha muerto y hay muchas formas de estar muerto en vida…

Interludio / final

La Dualidad

«…no se puede olvidar, ni aun teniendo la voluntad necesaria ». Albert Camus / La peste

Miren, nunca me han llamado la atención las peleas, pero conmigo, el asunto se ha vuelto una redada, un círculo clandestino donde apuesto contra mí mismo. Pero no estoy allí por compadecer, no; aunque no parezca físicamente hábil, de hecho, soy un boxeador habido, soy Cassius Clay contra Joe Frazier en Manila, la ‘Thrilla’.

Pero resulta que un desdén que me invade de vez en cuando es el de determinarme espectador o de la posibilidad que sea a mí a quien especten… Este montón de eventualidades que, queramos o no, confunden, acaban por dejarnos entre la incertidumbre de dar o abandonar.

Max Born, el científico, decía que hacer hasta lo posible puede también resultar insensato. Pero es que, en esta ridícula idea de no volver a verla, se me va esparciendo en las manos ese polvillo blanco que antes eran mis ideas, me vacío.

El punto es, que aun así, le compadezco, porque el rol de musa no debe ser nada sencillo, ha de ser muy agotador; agota agotar y la última palabra puede que ya haya sido dicha, pero mierda, bendito sea el día que en mi inquietud mejor decida quedarme callado y largarme, meter el corazón a la guantera cual ‘Fella’ y escapar, tras recorrer vastos kilómetros, y entonces haber reflexionado lo suficiente sobre cuántos condenados aviones habré de necesitar esta vez y cuánto tiempo habrá de quedarme antes del siguiente arrepentimiento, antes de sacar del chifonier otro atuendo distinto, antes de tener que partir de mí y de ella.

No tengo idea de cuan errado he estado con el pasar de los meses, pero aún así sigo manteniéndome matemático en la difícil tarea de contar los minutos y las horas, marcando el inicio del año cada agosto, cual Maya dándose 365 vueltas por un calendario y aunque vaya en rondo a algo, nunca me veo regresando a su regazo. No es un círculo vicioso si no hay vicios, no rondo en nada porque, pese a que el amor sea un compromiso con la eternidad, yo parezco haber abandonado lo inmortal que había en mí, abandonándome para despertarme a la mañana siguiente dentro del mismo cuerpo, pero siendo otro, probablemente para dejarlo morir, repitiendo el vicio, ¿entienden? Mi vicio.

Nota del editor: escribí estos párrafos pensando en desahogar el ensimismamiento que ciertas personas causan, en mí y en el otro yo. Gracias.